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El principio de Pareto o cómo todo puede ser peor

Vilfredo Federico Pareto, economista suizo-italiano nacido a mediados del siglo XIX, fue uno de los primeros en reconocer que los individuos no actúan siempre por motivos o principios lógicos o racionales, sino por lo que él denominaba elementos instintivos residuales. Entre sus varias ideas económicas, propuso el así denominado principio de Pareto. Este principio afirma que en múltiples situaciones de la vida social (además de las económicas), se puede encontrar una firme relación 80/20. Por ejemplo, al estudiar la propiedad de la tierra, halló que esta se dividía en dos grandes grupos: unos pocos con mucho y muchos con poco; es decir, el 80/20. El 20% de una sociedad posee el 80% de la riqueza y un 80%, solo el 20% restante. El principio de Pareto, y dada su sencillez, se aplica con bastante éxito a muchos campos del conocimiento y de la decisión, como en la organización del almacenaje (basta dedicar un 80% del espacio del almacenaje al 20% de los productos en ventas –algo que a buen seguro Amazon sabe–) y a nuestra vida diaria, como cuando se afirma que el 20% de las personas que conocemos y que están en nuestra vida, nos aporta el 80% de la satisfacción, apoyo y soporte emocional que necesitamos.

Pero lo que más sorprendente de este principio no es su aplicabilidad, sino su persistencia. Tanta que, prácticamente, se ha convertido en una constante parecida al número pi o a la proporción o número áureo (1). Permítanme poner dos ejemplos de distinto tenor que espero resulten esclarecedores, además de complementarios. En 1969 Arthur R. Jensen (2) publicó en la Harvard Educational Review un extenso artículo titulado “¿Cuánto podemos impulsar el Cociente Intelectual (IQ) y el logro académico?” (3). Dos eran, fundamentalmente, los objetivos de dicho autor: uno, desacreditar la reforma compensatoria que por aquel entonces se estaba implantando en Norteamérica (4) y, el otro, enfatizar que el IQ y, por extensión la inteligencia, posee un alto grado de heredabilidad. Como puede fácilmente colegirse, la respuesta de Jensen a la pregunta que retóricamente enunciaba su artículo no era otra que nada o, en todo caso, muy poco. Dicho de otra manera: dado que podría demostrarse, según el autor, que la inteligencia se hereda, ¿qué pueden hacer las escuelas con un alumnado al que la naturaleza no le ha proporcionado una dotación mayor o, dicho con los términos que se han puesto de moda, con los talentos necesarios? Pero el trabajo de Jensen es todavía más singular, puesto que llega a afirmar que la relación inteligencia/ ambiente es de 80/20. La inteligencia se debe a los genes en un 80% y al ambiente en un 20%. De nuevo tenemos aquí el principio de Pareto, como un mantra místico para justificar la desigualdad (5). ¿Para qué pues gastar presupuesto en aquellos que por naturaleza no van a aprovechar ni a beneficiarse de esas mejoras educativas?

El que “la escuela no puede compensar lo que la naturaleza no aporta”, podría ser, y de alguna manera lo es, el lema del pensamiento conservador en educación; un pensamiento que, en el fondo, sigue siendo fuertemente hereditarista. Uno de sus grandes pensadores, Fraga Iribarne, lo dejó muy claro hace tiempo, al afirmar que “los hijos de buena familia son más listos y cuando concursan en una oposición tienen más posibilidades de alcanzar el éxito. En una casa de personas prominentes, los hijos salen con más posibilidades”(6). No tengo muy claro si nuestro inefable y en otros tiempos lenguaraz Ministro de Educación ha leído a Jensen, pero está claro que está convirtiendo en política práctica esas ideas y las de su ideólogo fundamental. En los nuevos presupuestos se han eliminado los programas de compensatoria destinados al alumnado en desventaja social, reduciéndolos en un 90%, pasando de 53 a unos exiguos 5,25 millones (7). Al igual que Jensen y Fraga, J. Ignacio Wert y su equipo, habrán llegado a la misma conclusión: para qué gastar fondos públicos en quienes no lo van a aprovechar; mejor gastarlo en quienes sí le sacarán rendimiento y provecho individual.

Que es lo que al fin y al cabo Alejo Vidal-Quadras lanzó a las redes en un tweet el 13 de julio: “por sorprendente que suene, la opulencia y la extravagancia de una minoría selecta es la condición indispensable para el progreso general”. Imagino que las tarjetas black, los sobres, los pagos en diferido, las llamadas a líneas eróticas, los gastos en casas de lenocinio, las dietas y otras sinecuras parecidas, siguen esta estela. El principio, pues, se enlaza aquí con los instintos residuales que el economista ya había detectado. Pero no se quejen. Al fin y al cabo el principio de Pareto nos deja en un 20%; el capitalismo depredador que se ha ido extendiendo desde la crisis de 2008, está yendo más allá, como ha advertido Chuck Collins(8), reduciendo la relación a 99/1: el 1% de la población se beneficia del sacrificio del 99%. Está claro que tenemos que cambiar esta nefasta situación, basándonos en nuevos principios. Y mejor hoy que mañana.

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(1) Se le suele denominar número φ= 1,61803398874989…; y es un número irracional.
(2)Aquí resulta imprescindible el trabajo de Anastasio Ovejero Bernal de 2003: La cara oculta de los test de inteligencia. Un análisis crítico.
(3) (1969) How Much Can We Boost IQ and Scholastic Achievement. Harvard Educational Review, 39, 1: 1-123.
(4) Como el Project Head Start.
(5) Ni que decir tiene que el hereditarismo (la heredabilidad de la inteligencia) es una postura ideológica, sin fundamento científico.
(6) Tomado de http://www.eldiario.es/escolar/familiagobiernaunida_6_308379209.html.
(7) http://www.eldiario.es/sociedad/Educacionmantiene-programas-estudiantes- desfavorecidos_0_308669319. html.
(8) (2012) 99 to 1. How wealth inequality is wrecking the world and what we can do about it. San Francisco.B-K Publis.

Publicado en ESCUELA 20 de Noviembre de 2014  Núm. 4.040 (1.394)

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Pensar lo importante

¿Crees que somos escritores independientes? Tengo mis dudas. Pero incluso si lo somos, quizá tengamos que estar siempre muy atentos.

Günther Anders. Mi historia de amor con Hannah Arendt.

Como la de hoy es mi primera contribución para este curso, el otro día revisé lo que había publicado durante los pasados nueve meses y tuve una sensación rara. Me di cuenta de que no había podido tratar algunos temas que me interesan, que creo que son importantes y que deberíamos abordarlos. Temas como el altruismo versus el egoísmo, los debates sobre el papel de la cultura en la evolu- ción humana, las enseñanzas que la paleoantropología y la primatología nos aportan para entendernos como especie, el papel de la epigenética, lo innato y la inteligencia, la siempre complicada apreciación del papel de nuestras emociones, las nuevas formas de entender la cognición humana, la arquitectura de los espacios públicos y educativos. Tantos y tantos temas que –confieso– me tienen seducido, pero que, y espero no se entienda como narcisismo o arrogancia, también podrían interesar a los lectores de este archipiélago periodístico. Por un momento me pareció que no había podido pensar sobre lo importante, ante lo urgente de los tiempos excepcionales que vivimos.

Creo que no ha habido en la historia de la educación española, tras la dictadura, un Ministro de Educación tan nefasto, nefando y cínico. Se ha propuesto crear un sistema educativo injusto, discriminador, válido solo para las élites, y por ello elitista, timorato y conservador en lo ético y moral, controlado, sin creatividad posible y sin innovación, que convertirá la competitividad en jerarquía de clase, inflexible, sin visión de futuro, triste e inane. Es como si volviéramos a la dictadura franquista en un viaje sin máquina del tiempo, a la dictadura anterior a la Ley General de 1970, si me permiten la puntualización. Afortunadamente hay muchos educadores, trabajadores, intelectuales, familias y alumnado luchando en contra. He escrito enfadado, alarmado, intentando utilizar los mejores argumentos de que disponía; y he escrito lo que he escrito porque estoy convencido de que tenemos que sumar voces y esfuerzos contra este desaguisado, contra la ignominia que nos rodea y contra el Genocidio Social (1) al que nos está sometiendo el Gobierno del PP. Entiendo que mi denuncia se ha querido sumar a la creación de la conciencia crítica –como diría Paulo Freire(2)–, por la que tanta gente preocupada por la Educación Pública (con mayúsculas) ha estado en paro, se ha reunido, se ha manifestado ha elevado su voz y se ha puesto en pie.

La lucha no acaba aquí. Este curso no será menos complicado y, probablemente, exigirá mucho más esfuerzo; pero vale la pena. Tenemos que ser conscientes de que, además de los despropósitos propios de este Gobierno del PP, plasmático, que además de mentir sistemáticamente, parece que no le importan el hambre que están pasando tantas familias y tantos menores, el dolor que el paro causa, el desamparo de tantas y tantas familias desahuciadas, sin poder adquirir medicamentos o excluidas del sistema sanitario público; lo que ocurre en la educación es un movimiento de mayor alcance, que ya comenzó con los gobiernos anteriores del PSOE. Pasi Sahlberg (3) lo ha denominado Global Educational Reform Movement (GERM: Movimiento Global de Reforma Educativa); un patógeno viral en forma de ortodoxia política, que está infectando a muchos sistemas educativos y cuyo “material genético” está compuesto por lo siguiente: énfasis en materias curriculares básicas (aritmética y lectura) (4) , estandarización a través de resultados, utilización de modelos de mercado y corporativos, empleo masivo de pruebas de rendimiento y test, y minimización de la innovación educativa. El GERM es un rival considerable, pero al que se puede contrarrestar siempre que tengamos claras algunas cosas: las diversas formas que puede adquirir la estructura interna que acabo de identificar y sus pacientes cero: organizaciones internacionales (OCDE, FMI, Unión Europea); sus oráculos (PISA, Timms, etc.); y, lo que es más importante, sus propagadores políticos conservadores y socialdemócratas embelesados con el neoliberalismo.

Hasta ahora, quizás habíamos callado demasiado; habíamos llegado a pensar que no era necesario hablar de política en educación, ni reflexionar críticamente sobre las que hemos ido soportando, sobre los cambios constantes y muchas veces erráticos de los últimos gobiernos en España; sobre la creciente privatización de lo público a través de ciertas fundaciones (5) o apoyando financieramente todo lo privado. La educación en Madrid, en Valencia y aún en Galicia son ejemplos claros. Hemos creído que no necesitábamos hablar de política educativa y acabamos de descubrir que era un error. La educación, y no podía ser de otra manera, es un acontecimiento ético-político. En los espacios públicos de la educación nos juntamos las generaciones para hablar del mundo, para entenderlo y comprenderlo, para madurar como ciudadanos y ciudadanas y seres inteligentes, y, desde luego, para cambiarlo. Los temas que a mí me seducen, estoy convencido, tienen enormes implicaciones para la educación. Pero nos ha tocado vivir estos momentos. Pensar estos problemas es pensar también lo importante y si este periódico me da la oportunidad, y ustedes anónimos lectores y lectoras lo permiten, continuaré haciéndolo este curso.

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1 Tomo el concepto de“GenocidioSocial” de David Bollero: http://blogs.publico.es/david-bollero/2013/09/03/ la-gangrena-democratica/
2 La pedagogía del Oprimido, es ahora más que nunca, una lectura recomendable.
3 http://pasisahlberg.com/global-educational-reform-movement-is-here/
4 Olvidando la educación artística (musical y pictórica), las ciencias sociales, la filosofía, la ética, etc.
5 El embeleso por las fundaciones universidad-empresa y otras relacionadas que han ido floreciendo también de la mano del PSOE. 
 
 

Publicado en ESCUELA Núm. 3.995 (1.364) 3 de octubre de 2013

¿Qué docentes queremos en nuestras escuelas?

 A Barry MacDonald. In memoriam

Hace algunas semanas saltó a la prensa la noticia del desastre en los resultados de las pruebas de conocimiento que la Comunidad de Madrid había incluido en las oposiciones al Cuerpo de Maestros y Maestras. Venía anunciado por la extendida ignorancia  de los opositores y opositoras, cifrada no solo en que no superaron la prueba un 86% de los participantes, sino en la acumulación de respuestas ‘disparatadas’. Aunque algunos de mis compañeros han intervenido públicamente sobre este tema con acierto (1), no quisiera dejar pasar esta oportunidad para enfatizar dos cuestiones que creo que necesitan ser tratadas con más detalle.

En primer lugar, las pruebas. Me he tomado la molestia de bajarme el examen y de revisar con detalle las pruebas y no he podido evitar recordar parte de mi propia historia como alumno. Estudié Primaria en Barcelona, específicamente en La Barceloneta, en donde viví hasta los 15 años aproximadamente (2) . Mi padre me matriculó en una “academia” privada (creo que no había escuelas públicas en el barrio). La academia era un edificio de varios pisos en el por entonces Paseo Nacional (hoy llamado Paseo Juan de Borbón muy al estilo de Lampedusa); allí estudié mi Bachillerato elemental. Como la “academia” no  estaba “reconocida oficialmente”, teníamos que examinarnos al final de curso de todas las asignaturas en un instituto “público” al otro lado de la ciudad. Para prepararnos, el maestro que teníamos para todas las asignaturas (el Señor López) nos hacía a su vez exámenes todos los lunes de todas las materias y de todos los contenidos que habíamos tratado la semana anterior. Me veo acercándome con el mapa mudo de Sudamérica o de América de Norte a la mesa del Señor Maestro  y esperar la pregunta correspondiente: señala el río Orinoco o el Lago Michigan. Si fallábamos nos ponía en otra fila para recibir una palmetada con un travesaño de silla. Así lunes tras lunes y año tras año. Y lo mismo sucedía con las matemáticas o con la literatura: si fallabas, castigo físico. Era la única manera, decía, de afrontar con éxito los exámenes libres. Cuento toda esta historia personal porque las pruebas que se han aplicado en las oposiciones mencionadas son casi del mismo tipo que las pruebas a las que me sometieron entonces. Lo mismo me ha pasado con los supuestos disparates, algo que me recordó las recopilaciones de disparates a respuestas de exámenes que se hicieron muy populares a finales de los setenta.

Mi primera sorpresa se centra en la constatación de la falta de imaginación, creatividad y desarrollo intelectual del legislador y de los supuestos expertos a la hora de confeccionar las pruebas. ¿Tan poco hemos progresado en el conocimiento psicológico, pedagógico y, por qué no, psicométrico como para repetir esquemas de hace más de 40 años? Pero el tema es mucho más profundo: ¿es ese conocimiento  el que deben poseer nuestros docentes? Si la respuesta es afirmativa, y parece que para muchos lo es (3) , está claro que lo que se busca en un maestro o maestra del pasado y no un docente preparado para afrontar los retos que ya plantea actualmente el conocimiento y la gestión de la información. Confieso que he olvidado gran parte de lo que entonces aprendí; precisamente por que lo aprendí de una forma, no sólo memorística, a través de procedimientos recitativos y faltos de imaginación pedagógica, sino ignominiosa. Pero no me ha importado mucho. Cuando he querido recordar algo de ese tipo de algoritmos o información , no he tenido que hacer otra cosa que buscarlo. Les pongo un ejemplo. En la mencionada prueba había problemas de suma de fracciones o la transformación de fracciones en decimales o viceversa. Pues bien, me ha bastado con ir a Google o a YouTube y buscar, encontrando archivos y vídeos con las respuestas explicadas con gran detalle. Por lo mismo, se podría utilizar Google Earth o Wikipedia. Pero incluso así, la pregunta sigue en pié: ¿de verdad es este conocimiento el que deben saber nuestros docentes? No quisiera dar ideas, pero nuestros gobernantes y nuestros académicos pueden tranquilizarse; muy al estilo del neoliberalismo del PP estoy seguro que en breve se abrirán “academias” privadas, en las que se preparará a los futuros opositores y opositoras a superar estas pruebas. Y ahora sin palmetadas, aunque pagando unos buenos euros.

En segundo y último lugar, y tal como me ha hecho ver mi amigo y compañero Jurjo Torres, parece que nadie se ha dado cuenta que solo ejercerán como docentes funcionarios quienes hayan superado la prueba; así que pueden tranquilizarse de nuevo, los que hayan suspendido o escrito algún disparate, no estarán en las escuelas públicas. Bueno habría que añadir, en las pocas escuelas públicas que van quedando en la Autonomía de Madrid. El tema de la oposición tiene mucha más enjundia. Se suele olvidar que solo el acceso a las escuelas públicas está regulado por pruebas oficiales, no así el acceso a las escuelas privadas y privadas concertadas. En estos casos, la selección se mueve entre el nepotismo/amiguismo y el control ideológico. ¿Se han preguntado alguna vez si el obispo utiliza criterios racionales para seleccionar al profesorado de Religión?, o ¿qué criterios se emplean en los centros privados a cargo de alguna orden religiosa o una empresa privada?

No encontrarán en mí un defensor de este tipo de pruebas de selección. Creo que la docencia es una profesión que requiere los mejores profesionales y su selección es un tema de enorme importancia como para tomárselo a broma o reducirlo a una prueba como las mencionadas. Se puede saber fracciones o situar en el mapa las provincias por las que transcurre el Ebro y ser un racista, un pedófilo, una persona sin convicciones y valores cívicos, sin sentido de la creatividad, sin entusiasmo, sin coraje pedagógico y sin un sentido nuevo y transformador del conocimiento y del saber. El siglo XXI requiere los mejores docentes y los mejores pedagogos. Y este es el tema sobre el que tendríamos que comenzar a pensar.

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1. Me refiero a J. Gimeno Sacristán en El País  el 31 de Marzo (http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/03/28/actualidad/1364475200_338215.html ) y a A. Ignacio Pérez Gómez en Público  el 18 de Marzo http://blogs.publico.es/otrasmiradas/632/los-afl uentes-del-duero-y-lascompetencias-docentes/ .
2. Estoy hablando de mediados de los 60.
3. Incluyendo a Enrique Moradiellos Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura: http://elpais.com/elpais/2013/03/19/opinion/1363725498_641538.html

 

Publicado en ESCUELA.  Núm. 3.983 (801) 9 de mayo de 2013

¿Hacia dónde nos llevan con la nueva ley de educación? Algunas reflexiones

Algunas veces, cuando he querido ofrecer a mis alumnos y alumnas, un esquema sencillo, pero práctico, para entender parte de los cambios y vaivenes a los que suelen estar sometidos los sistemas educativos, he utilizado tres ejes de coordenadas básicos, como si fueran los ejes x, y, z. Uno –el x, por ejemplo– es el que representa la cultural o currículo; el otro –el y– se centra en los procesos de control o “evaluación” que sobre el sistema se ejercen, y el tercero –el z– en modelos de organización escolar que se adopten. Cada eje actúa como un continuum con dos extremos que fijan las posibilidades más contrapuestas. Quisiera emplear este mismo esquema para reflexionar sobre el lugar que la política educativa del Gobierno del PP nos está llevando de la mano de la, todavía en proceso, Lomce.

Comencemos por el primero. Hablar de currículo es, sin lugar a dudas, hablar de la selección del contenido cultural; una selección que se espera que adquieran las nuevas generaciones al menos durante su escolaridad obligatoria. Ello quiere decir que cuando en un país se establece un currículo se establece el conocimiento básico (1), o el conjunto de comprensiones compartidas como sostenía Lawrence Stenhouse, necesario para ser ciudadano y pertenecer cultural y cognitivamente a esa comunidad nacional. En esta medida el currículo afecta, a veces de manera notable a los modos de pensar, actuar y hasta de sentir de los sujetos. Por ello es fácil entender la importancia política que posee.

Aceptadas estas premisas y volviendo a la idea de eje x, que antes mencionábamos, podemos colocar en él tres puntos clave, de un extremo a otro: “currículo abierto”, “currículo nacional” y “currículo controlado”. Uno de los primeros ejemplos que tenemos a mano es el del Reino Unido. Hasta los años 80, no existía en dicho país un currículo nacional sino abierto, por eso y especialmente durante los 60 y los 70, hubo un impresionante movimiento de innovación curricular y educativa. Con la llegada del Gobierno liberal-conservador de Margaret Thatcher en los 80 se aprobó un currículo nacional y desapareció la innovación y la riqueza educativa que comportaba. ¿Para qué innovar cuando se establece con precisión lo que se ha de adquirir? En España, curiosamente, siempre hemos tenido –tanto en dictadura como en democracia– un currículo nacional y centralizado (2); currículo que nunca ha sido objeto de debate político, porque de una u otra manera, su urdimbre ideológica ha sido sistemáticamente soslayada: una vez aprobado el conjunto de contenidos, se dejaba a manos de las editoriales de texto su legitimación. Se trataba de una cuestión técnica y a lo sumo empresarial, pero en ningún caso política (3).

Curiosamente, y al menos en nuestra historia reciente, han sido el PP y el Episcopado, quienes han generado algún tipo de polémica ideológica sobre el currículo, aunque no debate. Recordemos que con el Gobierno de Aznar se cuestionó la idea de Historia de España que se estaba enseñando en las escuelas, de la misma manera que nuestro ministro actual, pretende españolizar a los catalanes. Por su parte el Episcopado ha presionado constantemente para que la Religión (su idea de religión) no solo permaneciese en las escuelas (4), sino que se convirtiera en una asignatura más. Algo que, dicho sin sorna, puede generar problemas teológicos de enorme magnitud: ¿está más cerca de Dios quien saca un diez que quien saca un cinco?, ¿y el que suspende, en qué situación religiosa se coloca? Y envalentonados por la mayoría absoluta del PP, se ha ido más lejos, haciendo desaparecer la Educación para la Ciudadanía, el único contenido ético social, es decir, claramente político que introdujo el PSOE, en un inane currículo nacional.

La novedad más reciente la encontramos en la nueva ley, cuando añade una vertiente economicista y utilitarista, y apuesta de forma decidida por un conocimiento orientado a la productividad, la competitividad y a la mejora, a toda costa, de los resultados en las pruebas PISA. Se trataría de un currículo en el que además de consolidar su vertiente confesional-conservadora, se minimiza cualquier otro contenido que no sea instrumental. Y es en este punto en donde el currículo nacional comienza a ser un currículo controlado. Me explico.

Cuando las pretensiones de una reforma educativa están tan orientadas a la evaluación del rendimiento a través de reválidas intra-sistema y tan rendidas al poder taumatúrgico de pruebas externas e internacionales como PISA, la consecuencia más evidente con respecto al currículo es que este queda sometido a dicho sistemas de control de rendimiento. No se trata ya, únicamente, de un currículo nacional, se trata de un currículo sometido y a la larga, determinado y establecido por las mismas pruebas de rendimiento que se aplicarán. Son dichas pruebas las que establecerán, como antes lo hacían las editoriales de libros de texto, el conocimiento cultural valioso y al que nuestras generaciones futuras tendrán que someterse. El currículo controlado, no pertenece en realidad a la ciudadanía, sino a opacos intereses ideológicos que, disfrazados de lenguaje técnico, reducen psicométricamente el conocimiento y el saber público. Permítanme dejar para la siguiente entrega el desarrollo de esta última idea.

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1. En otro sentido, no trivial, se le puede llamar, conocimiento oficial.
2. Y digo esto a pesar de la introducción de la variable autonómica.
3. Entiéndase aquí el papel clave de las editoriales de libros de texto. Sin hacer hincapié en, por ejemplo Santillana, baste pensar que todos los años, los Cuadernos Rubio son auténticos best-seller, que más quisiera para sí algún que otro académico. Su página web oficial es un claro ejemplo de adaptación a los nuevos medios: http:// http://www.rubio.net.
4. Cuestión a la que nunca se enfrentó el PSOE.
Publicado en ESCUELA el  7 de febrero de 2013. Núm. 3.971 

Las dos caras (complementarias) de la retrógrada reforma de la educación. 1a Parte

Agustín de Argüelles escribió en su Discurso Preliminar a la Constitución de 1812[1], que “El Estado, no menos que de soldados que le defiendan, necesita de ciudadanos que ilustren a la nación y promuevan su felicidad con todo género de luces y conocimientos. Así que uno de los primeros cuidados que deben ocupar a los representantes de un pueblo grande y generoso es la educación pública”. Lo releí el otro día y pensé que rara vez en la historia de mi país (España) ha sido así. La derecha y el centro derecha, no sólo han sido refractarios a la educación pública, sino que han procurado de toda manera posible, acabar o, al menos, dejarla como locus marginalis del sistema educativo; pero, la socialdemocracia tampoco ha sido afecta a ella, baste recordar, por ejemplo, a qué colegios han llevado a sus vástagos (normalmente colegios privados elitistas o privados equívocamente denominados concertados –enmascarando que son privados pagados con fondos públicos). Incluso algunos de sus docentes, i.e. de los responsables de su funcionamiento, han desconfiado tanto de su importancia, que a imitación de sus líderes políticos, han preferido la privada a la escuela pública en donde está su trabajo y su responsabilidad social.

Por eso, no puedo menos que sentirme esperanzado, en las horas de infortunio que estamos viviendo, por tantas y tan diversas voces se han alzado defendiendo la escolaridad pública y lo público, en educación, en sanidad, en la administración, en los servicios, etc. Yo quisiera contribuir a ello, muy modestamente, analizando lo que he denominado las dos caras de una reforma retrógrada en educación. Al menos por intentar introducir algo de claridad y racionalidad, si fuera posible, para atenuar los lemas, las consignas y los lugares comunes que aspiran a parecer verdades simplemente por su machacona repetición en los medios.

Las medidas que está tomando el Ministro Wert en educación poseen a mi juicio dos lados que corresponden con las dos vertientes que han adoptado especialmente desde la entrada en el juego político de gobiernos neoliberal-conservadores a finales de los ochenta en Norteamérica y en el Reino Unido. Dichos gobiernos, como acabo de señalar, conjuntaban dos visiones políticas que aunque no completamente disímiles, sí enfatizaban posiciones ideológicas propias: economicista una y reaccionaria otra[2]. Comencemos por la primera y dejaremos para otro artículo la segunda.

A tenor de los documentos a los que hemos podido acceder[3], el Ministerio se propone conectando con el más rancio neoliberalismo mercantilizar el sistema educativo, especialmente la escolaridad pública. La mercantilización no supone una privatización directa; no se trata de ‘verder’ las escuelas públicas, como quien ‘vende/privatiza’ las

Cajas de Ahorro o el Canal de Isabel II. La cuestión en más sutil y se resumiría en dos objetivos conjuntos: cómo aumentar la escolaridad privada, reduciendo la pública y cómo hacer que la pública quede a merced de una especie de presión mercantilista. La respuesta es doble: Centralizar el control y descentralizar las responsabilidades[4].

En esta clave, me parece, deberíamos leer varios de los objetivos que el Anteproyecto señala. Veámoslo. Por un lado, se pretende limitar el contenido del curriculum, en razón de lo que se evalúa en PISA (aumentando su presencia en cantidad de horas lectivas y reduciendo otros contenidos), y a ello se le añade las pruebas censales que se implantarán al final de primaria, secundaria y bachillerato. Digo censales porque, y esto es muy importante, se aplicarán a todas las escuelas del país. Por el otro, se propone la autonomía de los centros. Pero, cuidado, una autonomía cautiva, una autonomía vigilada y llena de trampas. ¿Lo dudan?

Hace algunos años, dos teóricos de la así denominada gobernanza, proponían que para agilizar la burocracia gubernamental en un contexto de reducción del estado de bienestar, no era necesario que se centralizase el control de objetivos y el de procesos[5]. Bastaría, señalaban, con que se establecieran los sistemas pertinentes para verificar que los objetivos se cumplían, dejando a las organizaciones la elección de las formas de cumplimiento. Dicho de otra manera, quien gobierna marca qué hacer  (en este caso el curriculum) y ‘verifica’ si se cumple (‘las reválidas y los exámenes estandarizados y censales’), las escuelas tendrán que apañárselas como puedan para que sus resultados sean los correctos. Se centraliza el control, y se descentralizan los problemas y las responsabilidades (que siempre caerán en los centros escolares). Dar la autonomía en un terreno cautivo y de escrutinio constante, es obligarlas a dejar de ser públicas, creativas, innovadoras y a comportarse como una empresa en su funcionamiento que tiene que rendir cuentas frente a su accionista mayoritario: el gobierno de turno.

Pero la trampa es mucho más enrevesada. Tener a los centros bajo el control constante de unas pruebas censales, permite al gobierno establecer un ranking de escuelas. Y pueden ustedes adivinar qué tipo de escuela quedarán en los primeros puestos y quiénes en los últimos[6]. Muchas escuelas públicas que trabajan con poblaciones de barrios marginados, con dificultades económicas, altas tasas de paro y con un bajo capital cultural, tendrán serias dificultades para sobrevivir en un ranking que legitima la injusticia y la desigualdad. El paso siguiente hacer que las gestione la iniciativa privada con fondos públicos al modo de las Charter Schools Norteaméricanas. Situación a la que espero no tengamos que llegar, porque como también escribió Argüelles, “opara que el espíritu público pueda dirigirse al grande objeto de formar verdaderos españoles… es preciso que no quede confiada la dirección de la enseñanza pública a manos mercenarias”[7].


[1] de Argüelles, Agustín Discurso preliminar a la Constitución de 1812. Introducción y Edición de L. Sánchez Agesta. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Madrid. 2011. Agradezco al profesor Marcelo Caruso de la Humboldt-Universität zu Berlin que me haya recomendado a este pensador de la Ilustración Española.

[2] He tratado este tema hace tiempo en un trabajo titulado Neoliberalismo o el surgimiento del mercado educativo. Publicado en Kikiriki (1995), nº 35 y en la web en Firgoa.

[3] Por ejemplo, La propuesta para el anteproyecto de Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa. No mencionaremos aquí las salidas de todo verbales del Ministro, aunque parezcan muy creíbles.

[4] Algo que ocurre en Chile con la implantación del SIMCE desde el final de la dictadura Neoliberal de Pinochet.

[5] Osborne, D. y Gaebler, T. (1994) La reinvención del gobierno. La influencia del espíritu empresarial en el sector público. Barcelona. Paidós.

[6] La segregación en la ESO entre las dos vías, rompiendo con el sentido de enseñanza común para todos los ciudadanos, no hace más que redundar en lo que estamos señalando.

[7] La ex-presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, cuando se declara doceañista, olvida estas serenas opiniones de uno de los más ilustrados precursores y defensores de la constitución de 1812.

Publicado en ESCUELA  Núm. 3.955 (1.301)  27 de septiembre de 2012