Cerebro social, vida cívica y educación

En un libro recientemente publicado (Thinking Big. How the evolution of social life shaped the human mind)(1), Robin Dunbar (creador del famoso número Dunbar y psicólogo evolucionista), junto con los arqueólogos C. Gamble y J.Gowlett, desarrolla in extenso la hipótesis del cerebro social, creada por el primero. Dicha hipótesis sostiene que los primates (y el homo sapiens es un primate que comparte con el chimpancé y el bonobo un 99% de sus genes) han evolucionado hasta tener un cerebro más grande, lo que cabría de esperar por nuestra dimensión corporal, para poder gestionar los sistemas inusualmente complejos de la vida social en la que se desarrolla y vive. Dicho de otra manera: es nuestra vida social, nuestra intensa vida social, la que ha propiciado un cerebro grande.

La hipótesis del cerebro social, no trata de la cantidad de información que se almacena sino, repito, de cómo podemos gestionarla; es decir, de la capacidad para hacer frente a las relaciones de grupo y a los procesos emocionales, por ejemplo. Este acontecimiento evolutivo se ha encontrado también en otras especies como por ejemplo en los cuervos de Nueva Caledonia (Corvus moneduloides), un córvido que puede fabricar instrumentos y deducir causas de un fenómeno, gracias a un cerebro mayor que el de otras aves. Lo mismo ocurre con otros mamíferos como los delfines. En todos estos casos, la vida social, además de la inteligencia operativa, es un factor determinante, como nos ha recordado Bruce Hood director del Centro de Desarrollo Cognitivo de la Universidad de Bristol. Es más, en el caso de los humanos, el factor clave, explica Dunbar(2), se encuentra en la Teoría de la Mente (TdM), i.e., nuestra capacidad para leer las mentes de nuestros semejantes (gestos, entonaciones, etc.). Y, en gran parte, todo ello gracias al portentoso desarrollo de nuestro neo-córtex, que es unas 150 veces el tamaño de nuestra médula.

Pero la hipótesis del cerebro social, es decir, de que en tanto homo sapiens somos seres sociales, ya fue, a su manera y, salva veritate, enunciada hace más de 2.000 años por el gran Aristóteles. Para Aristóteles, la moral es nuestra segunda naturaleza y representa la serie de cualidades que conforman, como nos ha ilustrado Victoria Camps en su trabajo absolutamente vigente de Virtudes Públicas, una peculiar manera de ser y convivir con los demás. Es esa serie de virtudes y cualidades la que pone de manifiesto su humanidad, y es esa serie de cualidades y virtudes la que se ha de poseer para formar sociedades humanas. En este sentido, Aristóteles, no entendía la felicidad como un objetivo individual, sino colectivo; porque el bien lo es de toda la comunidad(3). El sentido colectivo, por así decir, de la felicidad, cambia en la modernidad, añade Camps, porque su ethos característico es el individualismo liberal.

Trasladada esta última idea a nuestra actualidad podríamos afirmar, sin dudarlo, que nos encontramos con una exacerbación de dicho individualismo liberal, que no sólo refuerza el individualismo posesivo del que nos habló C. B. Macpherson, sino que se ha convertido en el Siglo XXI en un individualismo depredador en busca de una felicidad egoísta. Nuestra vida social se ve así restringida a la competencia, el robo, el engaño, la marginación y humillación del contrario, la expropiación, el abuso; dicho de otra manera, lo que la casta y las supuestas élites de este país nos están haciendo a la mayoría de los españoles. Y créanme, para ello no necesitamos un neo-córtex de primate, quizás con uno de hiena sería suficiente, o mejor de reptil.

No se me ocurre otra salida que volver a retomar seriamente la idea de cerebro social y de felicidad como asunto colectivo, volver a reafirmar las virtudes que nos hacen humanos y nos alejan de la depredación. Virtudes como la solidaridad, la responsabilidad y la tolerancia. Sólo así estaremos honrando a nuestra misma naturaleza y con ello a lo que nos ha hecho humanos: aspirar a una sociedad compleja, pero que tiene a la felicidad y al bienestar colectivo como sus objetivos más importantes. Si no queremos que nos sigan maltratando, engañando y humillando, la escuela pública y la buena educación tienen mucho que decir y hacer.

(1)  Pensar a lo grande: Cómo la evolución de la vida social modeló la mente humana.
(2) En un artículo publicado en 1998 en Evolutionary Anthropology.
(3)  Aquí sigo las argumentaciones de Victoria Camps en su libro: Virtudes Públicas. Madrid. Espasa Calpe. 1993.

Publicado en ESCUELA  9 de octubre de 2014  Núm. 4.034 (1.154)

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