¿Qué docentes queremos en nuestras escuelas?

 A Barry MacDonald. In memoriam

Hace algunas semanas saltó a la prensa la noticia del desastre en los resultados de las pruebas de conocimiento que la Comunidad de Madrid había incluido en las oposiciones al Cuerpo de Maestros y Maestras. Venía anunciado por la extendida ignorancia  de los opositores y opositoras, cifrada no solo en que no superaron la prueba un 86% de los participantes, sino en la acumulación de respuestas ‘disparatadas’. Aunque algunos de mis compañeros han intervenido públicamente sobre este tema con acierto (1), no quisiera dejar pasar esta oportunidad para enfatizar dos cuestiones que creo que necesitan ser tratadas con más detalle.

En primer lugar, las pruebas. Me he tomado la molestia de bajarme el examen y de revisar con detalle las pruebas y no he podido evitar recordar parte de mi propia historia como alumno. Estudié Primaria en Barcelona, específicamente en La Barceloneta, en donde viví hasta los 15 años aproximadamente (2) . Mi padre me matriculó en una “academia” privada (creo que no había escuelas públicas en el barrio). La academia era un edificio de varios pisos en el por entonces Paseo Nacional (hoy llamado Paseo Juan de Borbón muy al estilo de Lampedusa); allí estudié mi Bachillerato elemental. Como la “academia” no  estaba “reconocida oficialmente”, teníamos que examinarnos al final de curso de todas las asignaturas en un instituto “público” al otro lado de la ciudad. Para prepararnos, el maestro que teníamos para todas las asignaturas (el Señor López) nos hacía a su vez exámenes todos los lunes de todas las materias y de todos los contenidos que habíamos tratado la semana anterior. Me veo acercándome con el mapa mudo de Sudamérica o de América de Norte a la mesa del Señor Maestro  y esperar la pregunta correspondiente: señala el río Orinoco o el Lago Michigan. Si fallábamos nos ponía en otra fila para recibir una palmetada con un travesaño de silla. Así lunes tras lunes y año tras año. Y lo mismo sucedía con las matemáticas o con la literatura: si fallabas, castigo físico. Era la única manera, decía, de afrontar con éxito los exámenes libres. Cuento toda esta historia personal porque las pruebas que se han aplicado en las oposiciones mencionadas son casi del mismo tipo que las pruebas a las que me sometieron entonces. Lo mismo me ha pasado con los supuestos disparates, algo que me recordó las recopilaciones de disparates a respuestas de exámenes que se hicieron muy populares a finales de los setenta.

Mi primera sorpresa se centra en la constatación de la falta de imaginación, creatividad y desarrollo intelectual del legislador y de los supuestos expertos a la hora de confeccionar las pruebas. ¿Tan poco hemos progresado en el conocimiento psicológico, pedagógico y, por qué no, psicométrico como para repetir esquemas de hace más de 40 años? Pero el tema es mucho más profundo: ¿es ese conocimiento  el que deben poseer nuestros docentes? Si la respuesta es afirmativa, y parece que para muchos lo es (3) , está claro que lo que se busca en un maestro o maestra del pasado y no un docente preparado para afrontar los retos que ya plantea actualmente el conocimiento y la gestión de la información. Confieso que he olvidado gran parte de lo que entonces aprendí; precisamente por que lo aprendí de una forma, no sólo memorística, a través de procedimientos recitativos y faltos de imaginación pedagógica, sino ignominiosa. Pero no me ha importado mucho. Cuando he querido recordar algo de ese tipo de algoritmos o información , no he tenido que hacer otra cosa que buscarlo. Les pongo un ejemplo. En la mencionada prueba había problemas de suma de fracciones o la transformación de fracciones en decimales o viceversa. Pues bien, me ha bastado con ir a Google o a YouTube y buscar, encontrando archivos y vídeos con las respuestas explicadas con gran detalle. Por lo mismo, se podría utilizar Google Earth o Wikipedia. Pero incluso así, la pregunta sigue en pié: ¿de verdad es este conocimiento el que deben saber nuestros docentes? No quisiera dar ideas, pero nuestros gobernantes y nuestros académicos pueden tranquilizarse; muy al estilo del neoliberalismo del PP estoy seguro que en breve se abrirán “academias” privadas, en las que se preparará a los futuros opositores y opositoras a superar estas pruebas. Y ahora sin palmetadas, aunque pagando unos buenos euros.

En segundo y último lugar, y tal como me ha hecho ver mi amigo y compañero Jurjo Torres, parece que nadie se ha dado cuenta que solo ejercerán como docentes funcionarios quienes hayan superado la prueba; así que pueden tranquilizarse de nuevo, los que hayan suspendido o escrito algún disparate, no estarán en las escuelas públicas. Bueno habría que añadir, en las pocas escuelas públicas que van quedando en la Autonomía de Madrid. El tema de la oposición tiene mucha más enjundia. Se suele olvidar que solo el acceso a las escuelas públicas está regulado por pruebas oficiales, no así el acceso a las escuelas privadas y privadas concertadas. En estos casos, la selección se mueve entre el nepotismo/amiguismo y el control ideológico. ¿Se han preguntado alguna vez si el obispo utiliza criterios racionales para seleccionar al profesorado de Religión?, o ¿qué criterios se emplean en los centros privados a cargo de alguna orden religiosa o una empresa privada?

No encontrarán en mí un defensor de este tipo de pruebas de selección. Creo que la docencia es una profesión que requiere los mejores profesionales y su selección es un tema de enorme importancia como para tomárselo a broma o reducirlo a una prueba como las mencionadas. Se puede saber fracciones o situar en el mapa las provincias por las que transcurre el Ebro y ser un racista, un pedófilo, una persona sin convicciones y valores cívicos, sin sentido de la creatividad, sin entusiasmo, sin coraje pedagógico y sin un sentido nuevo y transformador del conocimiento y del saber. El siglo XXI requiere los mejores docentes y los mejores pedagogos. Y este es el tema sobre el que tendríamos que comenzar a pensar.

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1. Me refiero a J. Gimeno Sacristán en El País  el 31 de Marzo (http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/03/28/actualidad/1364475200_338215.html ) y a A. Ignacio Pérez Gómez en Público  el 18 de Marzo http://blogs.publico.es/otrasmiradas/632/los-afl uentes-del-duero-y-lascompetencias-docentes/ .
2. Estoy hablando de mediados de los 60.
3. Incluyendo a Enrique Moradiellos Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura: http://elpais.com/elpais/2013/03/19/opinion/1363725498_641538.html

 

Publicado en ESCUELA.  Núm. 3.983 (801) 9 de mayo de 2013

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