HERENCIA Y EDUCACIÓN. (Tercera parte)

En el episodio número 15 de la décimo primera temporada de la serie de televisión CSI Las Vegas, el doctor Raymond Langston[1], tiene que testificar en el juicio contra Nate Haskell[2], un asesino en serie. Durante el juicio, Haskell que se representa a sí mismo, basa su defensa en el hecho de que de niño fue víctima de abusos por parte de un padre alcohólico, junto con poseer  el gen MAO-A[3], lo que agravaba su situación, convirtiéndolo en lo que era, al fin y al cabo, en una víctima más. Cuando Langston, en su segunda comparecencia, afirma que no es así, que ni su infancia ni su gen, justificaban sus actos criminales, es interpelado por Haskell, alegando que el testigo forense no tenía conocimientos de genética y, por lo tanto, no estaba cualificado; sin embargo, Langston afirmó que sí lo estaba, puesto que él no sólo había sufrido abusos por un padre también alcohólico, sino que al igual que Haskell, era portador de dicho gen.

Esta situación ficticia que se apoya en algunos hechos reales, nos puede ayudar a entender esa fantasmagoría de los estudios econométricos que intentan demostrar, como ya he ido indicando en las dos partes anteriores, la relación entre herencia (léase: carga genética) e inteligencia y, en el caso del ejemplo, el comportamiento humano. En realidad,  nada satisfaría más al hereditarismo que encontrar una correspondencia unívoca entre un gen (o incluso un conjunto de genes) y la inteligencia humana; pero tal cosa no existe. Lo interesante de la ficción con la que hemos comenzado (y los estudios sobre el gen MAO), es que aun cuando exista maltrato infantil y mutación, la conducta criminal no tiene por qué desarrollarse. Por ello se habla de predisposición, nunca de determinación. Tal como indicó el genetista Theodosius Dobzhansky:  la inteligencia, la personalidad y otras actitudes humanas son “susceptibles de ser modificadas tanto por factores genéticos como ambientales”[4]. Los seres humanos no somos sólo genética, aunque la genética es parte de nuestra naturaleza; somos también los contextos culturales en los que nacemos y nos desarrollamos. En este sentido, Carol D Lee –ex presidenta de la Asociación Americana para la Investigación en Educación[5]– también ha señalado que la indiscutible predisposición biológica, está a su vez condicionada por nuestra participación en prácticas culturales y por la estimulación presente en el ambiente físico en el que vivamos (sensorial, intelectual, nutricional y químico). Los seres humanos somos un entrelazamiento; los hilos de una trenza formada por disposiciones, sistemas fisiológicos, estímulos ambientales y prácticas culturales, que interactúan de una manera dinámica y no lineal. Es más, la cultura es tan fundamental en el desarrollo humano que Merlin Donald, psicólogo canadiense, especializado en la neurociencia cognitiva, ha llegado a afirmar que el punto decisivo en nuestra evolución no fue el lenguaje, sino la formación de comunidades cognitivas: ‘La cognición simbólica, no puede generarse de manera auto-espontánea, hasta que dichas comunidades son una realidad’. Dicho de otra manera, ‘la evolución cultural va primero, el lenguaje después’[6]. En la misma línea está el primatólogo Michael Tomasello[7] para quien lo que nos distingue de otras especies es nuestra ‘capacidad cognitiva de participar en actividades de colaboración, con intenciones y objetivos compartidos’; y para ello, se requiere  modos potentes de interpretación, aprendizaje cultural y una ‘motivación específica para compartir con otros seres humanos formas exclusivas de conocimiento y evolución cultural’.

Las ecologías de la vida de cada individuo son ese complejo, rico y dinámico entrelazamiento en el que la cultura tiene un papel sobresaliente. Cuando la genética y la herencia se utilizan como oráculos, no sólo se falsea la complejidad humana, sino que, intencionadamente, se pretende asegurar la injusticia y la marginación que divide a nuestras sociedades. No podemos establecer por anticipado lo que podrá llegar a ser y hacer un niño o una niña. Pero sí podemos estar seguros que con escuelas en donde se estimule y apoye el desarrollo del conocimiento, la indagación, el pensamiento creativo, así como la responsabilidad y la autonomía; con docentes decididos a desarrollar el pensamiento crítico y la libertad en su alumnado; con padres y madres voluntariosas y preocupadas por la felicidad y la educación de sus hijos e hijas; por un estado comprometido con el bienestar de sus ciudadanos más jóvenes; y una sociedad orgullosa de sí misma, motivada y deseosa de ampliar las fronteras de la cultura y de la ciencia, sin subterfugios, podremos crear un ambiente clave en esa trenzas de la vida en la que nos anudamos cada uno de nosotros como seres humanos.


[1] Encarnado por el actor Laurence Fishburne.

[2] Encarnado por el actor Bill Irwin.

[3] La Monoamino oxidasa (MAO) desempeña un papel clave en la inactivación de neurotransmisores; su exceso y su defecto puede ser responsable de trastornos neurológicos. Un estudio publicado en Science en 2000 indicaba que una variación genética asociada a bajos niveles de MAO, puede hacer que niños que han sufrido abuso de pequeños tengan una mayor probabilidad de exhibir conductas antisociales. Un resumen de esta publicación se encuentra en http://www.eurekalert.org/pub_releases/2002-08/uow-gmp072602.php

[4] Th. Dobzhansky (1978) Diversidad genética e igualdad humana. Barcelona. Labor. Algunos de nuestros sociólogos, economistas y políticos deberían leer con detenimiento su defensa de la diversidad humana y, por ello, de la igualdad.

[5] AERA (American Educational Research Association). C.D. Lee (2010) Soaring above the clouds, delvin the ocen´s depths: understanding the ecologies of human learning and the Challenger for education science. Educational Researcher, 39, 9: 643-655.

[6] Merlin Donald (2002) A Mind so rare. The Evolution of Human Consciousness. W. W. Norton & Company.

[7] Codirector del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva con sede en Leipzig, Alemania. Ha publicado Los orígenes culturales de la cognición humana. Buenos Aires. Amorrortu. 2007

Publicado en ESCUELA el  29 de marzo de 2012.  Núm. 3.939 (561)

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