Herencia y educación. Una vieja-nueva política. (Primera parte)

Debería estar claro que un conjunto de casualidades, no genera una causalidad; pero, desde, luego, llaman la atención. El verano pasado, el Instituto de Estudios Económicos, financiado por la CEOE[1], publicó un extenso trabajo (2 volúmenes), en el que se incluía un informe ‘sociológico’, titulado Diagnóstico y reforma de la educación general en España[2]. En él apareció un curioso epígrafe con el título de Herencia Genética. Algo así tendría que haber pasado desapercibido, tratándose de un pequeño epígrafe en un documento de más de 140 páginas; pero no, como digo, llamó la atención, porque no es el primer trabajo que se centra en el papel determinante de la herencia. Por ejemplo, desde una perspectiva más divulgativa la revista National Geographic en su número de Enero de 2012, ha publicado un artículo titulado “Gemelos. Tan iguales y tan distintos” y El País Semanal el domingo 15 de Enero ha publicado otro, titulado “¿Heredamos la felicidad?”

Estos casos no pueden ser tratados como meras anécdotas, sino como ejemplos recientes de una tendencia ideológica que se remonta a las exposiciones antropozoológicas de finales del XIX, como el Jardin d’ Acclimatation de París (en donde se mostraban como en un zoo humano Mapuches y Fueguinos), o la no menos importante Exposición de la Compra de Luisiana (con su propio zoo de Inuits, Zulúes y Patagones[3]). Tendencia que tuvo continuación científica en los estudios de Paul Broca y Cesare Lombroso sobre Craneometría, de Terman, Yerkes y Cyril Burt sobre la inteligencia, entre otros. Una tendencia que voy a denominar hereditarismo[4].

Está claro que las revistas son el rostro amable y suavizado de este movimiento. Pero el informe de la CEOE, no lo es. Permítanme citar in extenso: “La herencia genética tiene una influencia sustantiva en el rendimiento escolar de los hijos equivalente o algo superior a la del origen socioeconómico. De manera que, cuando se tiene en cuenta esa herencia, la influencia del nivel educativo o el nivel socioeconómico familiar se reduce a la mitad. Así, en los estudios habituales en economía y sociología de la educación (en el nuestro también) quizá estaríamos sobreestimando notablemente la influencia del nivel social familiar en el rendimiento escolar[5]”. Aunque en el aspecto genético Zoe Alameda[6] les ha contestado de modo contundente invitando a los autores a asistir a las clases de Primero de Genética, y los autores, han intentado, infructuosamente, en un artículo posterior también en El País, decir que no estaban diciendo lo que había dicho, aunque había dicho lo que había dicho[7]; la cita anterior resitúa con mucha claridad y sin cortapisas o subterfugios el debate y la línea futura de argumentación conservadora, clasista y pseudodarwiniana sumamente atractiva a la CEOE. Y no son los únicos.

Tenemos que recordar aquí el famoso ensayo de R. J. Herstein y Charles Murray La curva de Bell, publicado en 1994 y el más reciente de  Richard Lynn y Tatu Vanhanen de 2002, titulado CI y el Bienestar de las Naciones. El primero sirvió de pretexto intelectual para que la Administración Reagan, acabase con el ya de por sí depauperado estado de bienestar norteamericano. Herstein y Murray alegaban que no deberíamos esperar demasiado de quienes tuviera un cociente intelectual bajo (en ese caso los afroamericanos) y que deberían ser tratados de modo correspondiente bajo la ‘custodia’ del estado –en las cárceles si fuera necesario- como una infra-clase. Lynn y Vanhanen, proyectan estas ideas en un marco general. No se trata, para dichos autores, de un problema con los afroamericanos; se trata de un problema con todos aquellos que tiene un bajo CI. La inteligencia, sostienen, es un factor clave en la determinación del logro educativo, de sueldo futuro y del estatus socioeconómico de los individuos. Una baja inteligencia es un factor determinante del desempleo, de la dependencia de la servicios asistenciales y del crimen, lo que a su vez tiene impacto en el crecimiento y desarrollo económico de la nación[8].

Pero lo grave no es que el hereditarismo sea un refugio conservador[9]; y da igual que adopte la forma de zoos humanos como en las exposiciones del XIX o de tratados pseudocientíficos sobre la inteligencia. Lo más grave es que la impronta hereditaria está en nuestro lenguaje y en nuestro pensamiento. Un pensamiento que viene a reforzar al actual conservadurismo político y al neoliberalismo salvaje; en donde la democracia está subyugada por los mercados y los derechos ciudadanos públicos se transforman en oportunidades para el mismo mercado. Así aceptamos que haya centros segregados de excelencia en la enseñanza pública obligatoria a los que sólo asistirá alumnado de excelencia; sugiriendo a su vez que los demás no lo son, es decir, los demás recogen a un alumnado menos afortunado en su herencia genética, con un inferior CI y, por lo tanto, bajos resultados de rendimiento. O bien pensamos y aún afirmamos que algunos alumnos y alumnas no darán más de sí o que tienen poca capacidad (o pocas ‘luces’). Incluso aplicamos sin rubor la curva normal al llegar a clase, clasificando al alumnado en tres grupos: de buen rendimiento, del montón y alumnado sin solución (el pelotón de los torpes[10]). Así que antes de enfadarnos con la CEOE, o después si lo prefieren, revisemos nuestra manera de comprender la educación, comenzando por el vocabulario que empleamos.


[1] Confederanción Española de Organizaciones Empresariales

[2] Escrito por Víctor Pérez-Díaz y Juan Carlos Rodríguez.

[3] Mapuches, Fueguinos y Patagones son pueblos originarios de Sudamérica, los Inuits de las Regiones Árticas y los Zulúes de África.

[4] Stephen Gould (1984) La falsa medida del hombre. Barcelona. Antoni Bosch.

[5] Pérez-Díaz y Rodríguez (2011), páginas 38 y 39.

[6] Zoe Alameda, Irene Genética 1 para la patronal. El país, 25/07/2011

[7] El debate de la enseñanza es muy distinto El País. 16/08/2011

[8] Girma Berhanu (2007)  “Black Intellectual Genocide” Education Review. 10:6; lleva a cabo una revisión crítica y profunda de libro de Lunn y Vanhanen.

[9] Parafraseando la tesis doctoral de Ángel Ignacio Pérez Gómez, La herencia un refugio conservador, de 1977

[10] No me resisto la tentación de recomendar sobre los torpes, el texto de Daniel Pennac Mal de escuela de 2008.

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