¿Qué es lo que (realmente) miden las Pruebas como PISA? Segunda Parte.

El SIMCE Chileno (Sistema de Medición de la Calidad de la Educación) nace en 1988 durante la dictadura militar de Pinochet, como herramienta de apoyo a la privatización y municipalización de la educación (es decir a esa curiosa descentralización por el mercado que ha ejecutado de modo implacable el neoliberalismo). Su vigencia se mantiene hasta nuestros días; signo bastante evidente no sólo de que las viejas políticas económicas permanecen: el mercado como centro del universo social, o dicho en términos de Margaret Tatcher, ‘la sociedad no existe, sólo existen los individuos’, compitiendo en el mercado. Sino también que, en lo esencial, las políticas conservadoras enemigas de la escuela pública también persisten y han permanecido incluso en democracia, sin cambiar este sistema, primero bajo la Concertación, esa alianza de centro izquierda que gobernó el país por veinte años, y, ahora, con el conservador Piñera, que, por cierto, ha concedido un Premio Nacional de Educación 2011 a Doña Erika Himmel la principal ideóloga intelectual de la prueba.

El SIMCE es un sistema peculiar; al contrario que PISA, SIMCE es censal, no muestral. Esto quiere decir, que se aplica a todos los centros de enseñanza del país. Por ejemplo, la pruebas SIMCE se aplicaron a unos 250.000 alumnos de 2.000 centros de enseñanza, lo que supone, según los datos accesibles en su página web[1], un 95% de la población matriculada. Entre 2008 y 2009 se ha aplicado a alumnado de 4º Básico (9 años), 8º Básico (13-14 años) y 2ª Medio (16-17); en Lenguaje, Matemáticas y Ciencias Naturales y Sociales. Por esta característica censal, SIMCE es una auténtica singularidad en el panorama internacional. Imagínense tener a tu disposición tal cúmulo de información (dejemos a un lado su calidad y pertinencia educativa) y la posibilidad de realizar un listado o ranking de escuelas. Si ya es problemático –como decíamos en un artículo anterior- un ranking de países como hace el PISA, un ranking de escuelas lleva inevitablemente a lo que propuso el anterior ministro de Educación del Gobierno de Piñera (miembro supernumerario del OPUS DEI, por cierto) Joaquín Lavín, clasificar los centros por colores: rojo, para las peores; amarillo, para las medianos, y verde para los buenos. En realidad el ministro no estaba haciendo otra cosa que subrayando con lápiz fluorescente, lo que cualquier familia había entendido antes de decidir, si podían, a qué centro enviar a sus hijos e hijas. Como ha recalcado Jorge Inzunza Higueras[2] (un reputado investigador chileno), con esta prueba se trata de ‘medir para informar a las familias sobre el rendimiento de las escuelas, para que éstas puedan hacer una buena elección dentro del mercado educativo’. Que es como hay que traducir ese eufemismo de medir la calidad, siempre asociado a estas pruebas.

Aquí, al igual que con PISA, nos encontramos con un panorama conocido, aunque más acentuado. En primer lugar, recordemos que en Chile existen tres tipos de ‘escuelas’ según su ‘propiedad’: escuelas privadas de pago; escuelas de titularidad privada pero subvencionadas por el estado (que son un auténtico negocio( y escuelas municipales (que son las públicas públicas). Las primeras corresponden a las privadas españolas no concertadas; las segundas al amplio sector de centros privados concertados y el tercero a las escuelas públicas, que aquí son autonómicas y no municipales.  

En segundo lugar, con los resultado de 2007 (que son los que analiza Inzunza) encontramos la diferencia de 61 puntos en lenguaje, 75 en matemáticas y 69 en naturaleza, entre escuelas particulares de pago de nivel sociocultural alto y escuelas municipales (públicas) de grupo socioeconómico bajo. La brecha se mantiene.

Además de su propia prueba, Chile participa también en las pruebas PISA.  En 2009 se encontraba en Lectura el puesto 44 con una puntuación de 449, siendo la media de la OCDE de 493 y la de España de 481. Cuando nos detenemos en la variable socioeconómica la diferencia entre clase alta y baja es de 107, y si enfocamos el análisis al tipo de centro, la diferencia entre un privado no subvencionado y un municipal es de 119 puntos; una distancia considerable.

Pero detengámonos aquí. Un resultado persistente en ambas pruebas es que cuando se comparan centros que atienden a un mismo grupo socioeconómico, en el caso del SIMCE y cuando en PISA, se analizan comparativamente los resultados entre centros municipales y particulares subvencionados, en ambas casos sorprendentemente las diferencias dejan de ser tan notables[3]. Eso quiere decir, al menos, que a igualdad de clase social, la variable ‘centro’ tiene un menor impacto. Pero esta conclusión, olvida algo muy importante: la inercia social y de clase, según la cual, los grupos socioeconómicos se distribuyen, precisamente, por tipos de centro. Incluso aceptando la diferencia no sea exagerada, ¿quién va a arriesgarse –siempre que pueda-, a enviar a sus hijos a una escuela pública, en lugar de hacerlo a una privada subvencionada, por muy escasa que sea la diferencia? ¿Verdad Señor Ministro Portavoz del Gobierno[4]?

Repitámoslo, la moneda de curso es el capital cultural. El SIMCE lo mide de una manera casi brutal y taxativa, por su carácter censal y por generar una jerarquía que anima a la competitividad de y entre los centros. El PISA lo hace de manera más solapada, pero no menos evidente. SIMCE jerarquiza centros escolares, PISA Sistemas Educativos. El primero sirve de guía para detectar el capital cultural centro a centro; el segundo, país a país.  ¿Pero sólo capital cultural? Obviamente no, ambas herramientas tiene una función mucho más importante. Anexa a la de diferenciación por capital cultural está el control del sistema. Y si no, ¿para qué repetir año tras año el SIMCE y cada tres años el PISA, sabiendo que es la desigual e injusta distribución del capital cultural lo que marca las diferencias? ¿Por qué no  comenzar derivando los fondos –cuantiosos- de ambas pruebas y que mantienen a un considerable grupo de psicómetras y expertos burócratas, para atenuar en parte la brecha cultural a la que tienen que hacer frente las escuelas públicas?


[1] Algo que ha señalado un excelente trabajo del Centro de Investigación en Estructuras Social, de la Universidad de Chile

[2] Se trata de José Blanco, ministro del PSOE, quien afirmaba recientemente que llevaba a sus hijos a un colegio privado subvencionado, porque no había ningún colegio público bilingüe en su barrio.


[4] Jorge Inzunza Higueras (2009) La evaluación educativa en Chile: Dos lógicas contrapuestas. En Probando, probando, probando. Red Social para la Educación Pública en América. México.

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